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Luciana Mantero / Blog  / Las probabilidades

Las probabilidades

Por VLC

Era miércoles, el día dos de mi ciclo menstrual, comenzaba con la estimulación ovárica. 

La agenda indicaba análisis de sangre y ecografía intravaginal a primera hora y luego a cruzar los dedos para que los resultados sean los esperados. Con la indicación médica, siguieron las inyecciones, muchas, de distintas drogas y en diversos horarios. 

La primera aplicación determinó la alarma que sonó ininterrumpidamente los siguientes trece días.

Las jeringas en formato de lapiceras autoadministrables, con dosificador y agujas intramusculares descartables. Por la tarde, Gonal 87.5 y Pergoveris 150. Más adelante, al mediodía, el Cetrotide 0.25. Culminado el proceso, se sumaron ampollas de Dinarón. Cada una representaba un pinchazo distinto en mi panza día tras día.

Ecografías para ir monitoreando el crecimiento de los folículos.

Visitas a la obra social para agilizar autorizaciones y cumplir con la burocracia.

Mientras tanto la ilusión, los miedos en cada colocación, los moretones asociados y el brillo en mis ojos mezclando sueños con cálculos se asociaban en un ovillo de lana que tejía y destejía fantasías. 

Transité todas las emociones en el curso del tratamiento FIV. También me encontré estudiando e investigando sobre medicina reproductiva y repasando sobre estadística y probabilidades.

Cuantificar la posibilidad de que un evento ocurra en la aleatoriedad de la vida. 

En la ficha de la estimulación ovárica, posterior a la punción, anoté: se extrajeron seis folículos, de ellos cinco ovocitos y luego cuatro lograron la fecundación. 

La espera a que lleguen a blastocisto fue eterna y finalmente recibí el resultado negativo, ninguno evolucionó hasta el quinto día. 

Con mi pareja, al principio de la búsqueda, creíamos que el tiempo era un aliado. La reproducción como parte del ciclo de la vida, solo era cuestión de tener paciencia y esperar el deseado positivo. 

Sacamos varias hojas del almanaque hasta que nos dimos cuenta que debíamos cambiar de idea y acudir a un centro de fertilidad. 

Ahora, este era nuestro segundo tratamiento y el resultado seguía sin ser el esperado.

Entonces pensamos en seguir las recetas cliché de personas amadas. Un viaje podía ser la oportunidad de reconectar con nuestros cuerpos y el deseo de ser padres.

Elegimos como destino una ciudad de Uruguay llamada Colonia del Sacramento. Nos tomamos un buque que cruza el Río de la Plata. 

El agua estaba calma y el sol encandilaba, augurios de que el viaje sería reparador.  

La magia del lugar consiste en transportarse hacia otra época: calles angostas y empedradas, casas bajas, faroles. Colgaban en todas las esquinas frondosas ramas coloridas de Santa Rita. 

El primer día caminamos en silencio. Los mates eran el puente de intercambio de sensaciones y palabras no dichas. 

Nos sentamos en una gran piedra para contemplar el atardecer, el sol maduró y nos regaló sus últimos destellos de colores. Se precipitaba en el horizonte. El día cumplía su ciclo natural y no había forma de detenerlo. 

El tiempo es una constante y la naturaleza proyectaba equilibrio y armonía en el ocaso. Necesitábamos transitar ese momento para dar vuelta la página. Una despedida de lo que no aconteció. 

Intercambiamos miradas y sentimos que era un momento para descansar, reunir fuerzas. Esperar un nuevo amanecer, sin lugar a dudas volver a intentar un nuevo tratamiento.

Sacamos fotos de nuestras sombras con el atardecer de fondo.

La elección de esa ciudad, no era obra del azar como creíamos. Una ciudad atravesada por el paso del tiempo, que lejos de ser derruida, muestra cuán fuertes pueden ser los cimientos. 

Luego continuamos el viaje disfrutando del lugar, su historia y su gente.

 

 

 

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